Páginas vistas en total

viernes, 10 de octubre de 2008

La patria ancestral de los Qechuas - Aymaras cuenta entre sus emblemas más importantes con la sagrada WIPHALA, compuesta de siete colores del arco iris y las de cuatro colores correspondiente a los cuatro SUYU, y se puede definir desde la óptica andina, los aymara-qechuas que conocen históricamente a la WIPHALA, como emblema nacional del Pusintsuyu ó Tawantinsuyu.Por eso la WIPHALA es el símbolo de identificaciön Nacional y Cultural de los Andes Amazónicos y altiplánicos, es el emblema de la Nación colectivista y armónico.Es la representación de las actividades diarias del hombre andino en el tiempo y en el espacio.Uno de los tantos investigadores de la cultura Aymara-Qechua como Carlos Urquizo S. confirma que la WIPHALA fué el emblema Nacional de la civilización andina, antes y durante el periodo de los INKA.
Sobre la existencia y el uso de este emblema probablemente sea desde la misma creación de TIWANAKU hace más de 2000 años.De acuerdo a las investigaciones y excavaciones arqueológicas fueron encontradas restos de tejidos en diferentes regiones del Tawantinsuyu, que hoy comprende desde el Ecuador, Perú y Bolivia.Entonces se supone que la WIPHALA fue utilizada desde hace muchos siglos, en los trabajos agrícolas, en fiestas solemnes, en actos ceremoniales y culturales y en todo acontecimiento social del hombre andino.Por eso la WIPHALA es el simbolo de identificaciön Nacional y Cultural de los Andes Amazónicos y altiplánicos, es el emblema de la Nación colectivista y armónico.Es la representación de las actividades diarias del hombre andino en el tiempo y en el espacio.
Uno de los tantos investigadores de la cultura Aymara-Qechua como Carlos Urquizo S. confirma que la WIPHALA fué el emblema Nacional de la civilización andina, antes y durante el periodo de los INKA.Sobre la existencia y el uso de este emblema probablemente sea desde la misma creación de TIWANAKU hace más de 2000 años.

Los pueblos originarios y su búsqueda de una naturaleza sin dueños

Los pueblos originarios de Argentina conciben a la naturaleza como parte de su ser y esencia y se niegan a adoptar la lógica de la explotación y el usufructo económico.
Antes de que se conociera el término “sustentable”, los indígenas convivían con su entorno sin destruirlo y hoy luchan para seguir viviendo de esa forma. Para eso se organizan fronteras adentro y afuera y denuncian atropellos de los gobiernos y las multinacionales.
En el país viven entre 450 mil y más de un millón de indígenas –según la fuente de consulta- de más de veinte etnias. Muchos permanecen en el entorno natural que los vio nacer, otros han tenido que migrar a las ciudades, en muchos casos por la creciente devastación en la que era su fuente de subsistencia e identidad.
“Los pueblos indígenas (cualesquiera que sean) tienen una cosmovisión en la que el hombre es un ser más entre otros de la naturaleza y, en cambio, la cultura occidental es eminentemente antropocéntrica, concibe al hombre como centro de la naturaleza y su tarea es dominar todas las cosas”, afirmó German Bournissen, Coordinador Nacional del Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (ENDEPA) "“Los pueblos originarios somos hijos de la tierra, que para nosotros es sagrada, por eso afirmamos que no somos dueños de la tierra sino parte de ella, que no la queremos para explotarla sino para convivir con ella, para trabajar cuidando la naturaleza con un desarrollo equilibrado para el bienestar común de la humanidad”.
“El aborigen sin tierra no es aborigen. Para ellos la tierra no es una simple mercancía o un bien de producción y lucro. Es como su espacio cultural, el lugar de sus mitos y su historia. Es el hábitat de vida penetrada de tradiciones y valores. Es el lugar donde reposan sus antepasados. Es la madre-tierra con quien conviven y mantienen una relación mística y religiosa.
"Entre los kollas somos parte de la Pachamama, de la apacheta. Por eso es que nuestros mitos tienen que ver con el respeto a la naturaleza”.
El coquena (ser mítico) cuida los animales, como la vicuña y el guanaco y nadie puede matarlo porque le ocurre: “Si así sucede, esa persona romperá el equilibrio, faltará el respeto a la naturaleza y como consecuencia padecerá enfermedades incurables que lo pueden llevar incluso a la muerte.
“Cada Mapuche está en relación, por ejemplo, con el Newen del agua, del viento, del águila o del choique (avestruz). Este es uno de los motivos que hacen que la relación del Mapuche con el territorio sea tan fuerte e importante, porque el territorio natural ancestral y sus fuerzas es lo que permite al Mapuche desenvolverse como tal”.
FUENTE ENDEPA

Diaguitas

La lucha por la tierra
La usurpación de tierras de los pueblos originarios comienza con el sometimiento español, la política de extrañamiento y la conformación del Estado Nacional. La expansión incaica en el noroeste argentino, la invasión española, las guerras calchaquíes y la posterior colonización representan simultáneamente la historia épica de defensa del pueblo diaguita, de sus luchas y de sus líderes. El proceso de reorganización de las comunidades del pueblo diaguita a partir del reconocimiento constitucional de 1994, otorga legitimidad jurídica a la restitución de los territorios que pertenecen ancestralmente al pueblo diaguita. Sin embargo aún hoy varias comunidades continúan en la lucha por sus tierras: reclamos, desalojos y amenazas son escenarios repetidos en estas zonas.
El conflicto que mantiene el pueblo quilmes con el representante de la explotación turística de la ciudad sagrada. La comunidad de Amaicha del Valle reclama la posesión de sus tierras invocando –paradojicamente –una Cédula Real de 1716 elaborada por la Corona Española. Los hijos de los valles Ser diaguita en el presente es un hecho complejo y dinámico: implica la revalorización de lazos ancestrales e involucra asimismo un proceso externo, un intento por recomponer un “ser diaguita” en el marco de las limitaciones jurídicas y sociales actuales.
Las características de los pueblos que habitaban los valles calchaquíes antes de la colonización, antes incluso de la invasión incaica se han ido fusionando, ocultando, y negando en el tiempo, producto de invasiones, extrañamientos e imposiciones. Sin embargo en Tafí, Amaicha y Quilmes, hasta Morteritos y Laguna Blanca el largo proceso de descaracterización histórica no ha logrado destruir la intención del reconocimiento positivo de ese pueblo. A través de oficios y tradiciones, el canto coplero y los telares, cconocemos la historia de varios representantes de la cultura diaguita en Amaicha del Valle. Cómo han aprendido y recuperado sus valores y costumbres y las diferentes maneras en que las difunden.
FUENTE CANAL ENCUENTRO

Pueblos originarios-Guaraníes

MBYA GUARANÍES Ñanderu, el creador En la cultura Mbya, la naturaleza y su Creador son una misma cosa.
El árbol, la miel, un pájaro o la bruma que aparece al inicio del año nuevo tienen un espíritu; son manifestaciones de ÑANDERU, EL CREADOR. La religión MBYA guaraní donde naturaleza, música y danza comparten el indisoluble vínculo de todas las cosas. Por eso el MBURUVICHA (Cacique) pide permiso al arroyo para usar sus aguas y pisar sus piedras. “Ñanderu nos creó en esta tierra para que disfrutemos. Antes de que llegue el pueblo blanco éramos ricos en naturaleza.
Por 500 años nos han violado y maltratado. Ahora quedamos pobres, pero todavía existimos”, reflexiona el OPYGUA (líder espiritual) de la comunidad TEKOA ARANDU mirando lo que queda de la selva misionera. Ellos creen que ya es tiempo de que los JURUA (blancos) conozcan sus rezos y así se den cuenta de que también para ellos hay un solo Dios. Sobre las imágenes de un aserradero, el Opygua cuenta –mientras corta un tronco centenario–, que Ñanderu creó a Tupa para que se encargue de enseñarle al blanco... pero algunos no quisieron aprender.
Mientras avanza la deforestación, el estado provincial le cedió a Tekoa Arandu, un terreno de 5000 hectáreas, pero en el sentir del pueblo MBYA la tierra es más grande.
La Nación Guaraní toda, cada lugar donde habite un hermano Mbya, les pertenece. . Ser Mbya significa pertenecer al monte. Cuando dicen que la tierra es buena, la llaman Tierra sin mal porque alimenta a sus niños y, en su cultura, los niños son sagrados. El monte es todo: alimento, remedio y expresión de Dios, de quien solo usan lo necesario, sin explotar la tierra. La economía es el YOPOI, comparten las cosas, la propiedad es comunitaria.
Antes vivían solo de la naturaleza, ahora se ven obligados a realizar trabajos mal pagos para el blanco. La ruta atraviesa su tierra, los animales se van. “Por el sendero del indio, ahora pasa el camino del blanco”, se lamenta el Opygua.
Fuente: De canal Encuentro